...Que no te compren por menos de nada ...Que no te vendan amor sin espinas.
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viernes, 16 de marzo de 2012

Sublimación del Amor.

Leandro Lamas


Aún me estremece el recuerdo...

Sucedio en aquel  lugar de techos bajos y coraza de piedra donde tantas veces nos habíamos refugiado. No cabe duda de que siempre fue un rincón apacible, pero  nuestro especial permanecer lo convertía en un lugar distinto que disfrutar cada vez.

Aquel día una sensibilidad especial se había adueñado de cada poro de mi piel.
Yo ya no temía sumergirme en su infinitud y dejaba que mis manos se deslizasen por su rostro anhelando hallar en cada roce un rastro de esa esencia que lo hacía tan maravillosamente hermoso. Él me arrullaba entre los brazos y con un hilo de voz susurraba en mi oído una melodía que hicimos nuestra desde ese mismo instante. Envuelta en su fragancia,  mi voluntad se adormecía lentamente en la comisura de sus labios, mientras un torrente de sensaciones me recorría el cuerpo como una multitud de fueguecitos buscando su aposento.

Y se multiplicaron las miradas, las caricias y los besos.

Parecía inutil el intento de permanecer anclada a la realidad. Me hundía en un gozo sin fin...tan extenso como el amor que se escapaba de su mirada, tan ausente como si la misma nada nos hubiese acogido en su seno. Cada sutil caricia se transformó en una entrega sin final. Cada mirada me insuflaba una alegría tan vital como el aire que respiraba, tan llena como estaba de sentimientos, de  palabras que nunca había sido necesario pronunciar (aunque nos las repitiésemos hasta la saciedad). 

Y fue así como, cobijada en el hueco de su hombro, sumida en un instante etéreo, construimos un lugar distante en el que, muy despacio, derramé, silente, mi amor sobre sus manos.

 Isidro Ferrer. Ilustración del libro "Los Sueños de Helena" de Eduardo Galeano


martes, 20 de diciembre de 2011

Habitualmente No.


Habitualmente no me tiemblan las rodillas cuando te acercas, 
no siento mariposas que se pasean por mi estómago, 
ni se acelera mi corazón cuando te huelo. 

Creí que, con unos cuantos años pegados a la piel, 
había dejado que esas sensaciones durmiesen 
el sueño de la adolescencia. 

Pero hoy me abraza tu ausencia,
el estomago se contrae,
y mis manos desprenden un sudor frío. 

Y es que el corazón me asegura que tú eres mi complemento, 
que en tus ojos se esconde esa parte de mi 
que no hallaba en ningún lugar.

No hace falta que una legión de mariposas 
venga a decirme que eres tú, 
porque yo lo sé. 

Las verdades empíricas no necesitan demostración 
para saberse ciertas. 

aunque no siempre he entendido 
mis culpas y mis fracasos 
en cambio sé que en tus brazos 
el mundo tiene sentido 

(Benedetti)




* Entrada rescatada del Baúl de los Recuerdos

miércoles, 4 de febrero de 2009

Reinventando mañanas



Me miraste. 

Me sonreíste...con esa sonrisa tuya tan particular que solo muestras en los días de fiesta. 

Atrapada en tu esencia, un torrente de emociones inundó mi cuerpo; se deslizó por mi columna y desbordó mis ojos, anegándolos. No pude hacer otra cosa que delimitar tu boca con la yema de los dedos. Reflejada en el azabache de tus ojos, me estaba muriendo… y te entregué cada una de las gotas que me quedaban de vida: Mi último aliento y mi postrer suspiro.

Apoyaste tus manos en mis mejillas y me susurraste al oído, resucitándome con el calor de tu piel y la fuerza de tus palabras. Como lo haces siempre; como lo haces cada vez que me hundo en el abismo….

Transformamos horas en segundos. Desmaterializamos el espacio… Entregué todo lo que soy, poco o mucho, hasta quedarme vacía. Tu mirada fue aliciente, y tus palabras alimento. Me preguntaste que sentía, y no pude contestar. Solo una mirada bastó para que entendieses que era exactamente lo mismo que tú sentías.

Y fue néctar, ambrosía,
que surgiese a mi paso por tu cuerpo...
Y fue dulce manjar
el sabor de tu boca en cada beso

Dormida, percibí  tu calor y tú fragancia velando la oscuridad de mi noche, todavía revueltos la emoción y el cuerpo. La piel aún despierta, y los restos contenidos entre cuatro paredes. 

Después, la mañana…

La luz, colándose cruel en el cuarto, en este amanecer de invierno, me hizo desear no despertar.

 No entonces. 

No en ese momento; en el que  todavía podía  fingir que eras algo más que un sueño. 



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Cuando nadie me ve, quizá sale a la luz mi verdadero yo

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