
Hace 3 semanas que se han dejado. Gloria pensó que ya no podía más y, la de ese día, fue la gota que desbordó su vaso. Puso fin a una relación que estuvo condenada al fracaso desde el mismo momento en que germinó. Aún así, siempre se empeñó en sacarla adelante, con altos y bajos, por supuesto. Era una mujer fuerte, y buscó fuerzas donde no las había, para intentar llevar a buen puerto aquello que había comenzado (ahora lo sabía) marcado por una traición.
Hoy se dirige a una comida familiar. Los nervios atenazan su estómago. Sabe que va a tener que enfrentarse a ELLA y no sabe cómo hacerlo. Es una mujer importante en su vida; un muro maestro en la construcción de su yo; sustento vital cuando tuvo la poca fortuna de no tener cerca a su madre (hasta tal punto que no sabe muy bien si es la primera o la segunda en el cargo).
Durante esas tres semanas intentó encontrar las palabras para contárselo, pero la cobardía le pudo y se mantuvo muda. Ahora ya no puede seguir ocultando la cabeza bajo la tierra. Debe encararla y contarle que se ha separado de su pareja. Gloria sabe que la noticia será como un jarro de agua fría. ELLA siempre la quiso como a una hija.
Por eso, mientras recorre los escasos 20 kms que las separan, siente como el sudor frio recorre su espalda, el corazón le palpita y las lágrimas asoman al borde de los ojos. No sabe muy bien si lo que siente es temor a herirla, o ese terrible miedo que sienten los niños cuando saben que se han metido en un lio.
Mientras pone el pie en la puerta de la casa, siente que todo el peso de su fracaso se le posa sobre los hombros. Se dirige a la cocina, pero no está allí. La encuentra sentada al borde del sofá, con la lagrimas resbalando por la mejillas (después le contaron que cuando supo la noticia lo dejó todo tirado y se fue… a esperarla). Gloria se sienta a su lado y, sin pronunciar palabra, le da un beso en la mejilla, del mismo modo que hace todas y cada una de las veces que acude a visitarla. Permanecen un rato mudas, con las manos enlazadas. Esa mujer fuerte, que había superado tantas dificultades a lo largo de su vida, observa en la profundidad de los ojos de Gloria: ve tristeza, por supuesto, pero también un pequeño rayo de esperanza; una luz nueva donde antes hubo vacio. Ve que “la más pequeña de sus hijas” comenzaba a renacer de nuevo después de un largo período de oscuridad.
Le hace una sola pregunta:
- ¿Estás bien, mi niña?
- Mejor que nunca – alcanza a murmurar -
Entonces, sin pronunciar una sola palabra más y con gesto decidido, se levanta del asiento y, mirándola fijamente, desliza una amorosa mano sobre su rostro.
- Si tú eres feliz niña, también yo lo soy.
Entonces supo que no estaba sola (nunca lo había estado en realidad); que todo ese miedo que había sentido no era más que vergüenza por lo que ella consideraba un fracaso
…Y una lágrima de amor y agradecimiento resbaló por el rostro de Gloria.