Requiem polos montes galegos. (Fotografía de Román Novoas)
Rincón de las delicias
Porque hay cosas que son especiales...
Robaré versos entre las calles de este laberinto sin final...
Perdóname
por ir así buscándote
tan torpemente.
(Pedro Salinas)
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Diminuto
…créeme, no es nada de lo que te imaginas, pero tienes que venir; he calcinado miles de veces las sábanas que cubren aquel viejo colchón y, sin embargo, todavía me abraza tu ausencia cada vez que duermo por debajo de las mantas...
para que encuentres el sendero de vuelta a mi vera
…Son solo palabras encadenadas,
Como grilletes de brillante hielo,
que se deshacen en mi boca.
Y después…
No hay nada más que el buen sabor
que dejas a este alma loca y perdida…
Que busca entre tus sombras
otras cosas en que pensar.
Entretener mi mirada,
y apagar la luz para adivinar lo que sientes.
(K.M).
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Mientras tú existas,
mientras mi mirada te busque más allá de las colinas, mientras nada me llene el corazón, si no es tu imagen, y haya una remota posibilidad de que estés viva en algún sitio, iluminada por una luz cualquiera... Mientras yo presienta que eres y te llamas así, con ese nombre tuyo tan pequeño, seguiré como ahora, amada mía, transido de distancia, bajo ese amor que crece y no se muere, bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
Santiago se despierta lentamente, sin estudiantes que apresuren el amanecer con gritos de guerra nocturna. Una fina neblina oculta a la vista el cielo.
La plaza se despereza
Las vendedora se protegen del sol del mejor modo que pueden.
Aquí y allá nos sorprenden vivos colores.
El tacto se vuelve cálido y sin prisas.
Comienza a tocar su flauta a ver si cae alguna monedilla.
Sonrie mientras posa para mi objetivo.
Regresan del mercado con sus compras a la cabeza.
Se saludan, se ayudan, y juntas esperan el autobús.
Se protegen del sol del mismo modo que yo he visto hacer tantas veces a mis mayores.
Ellos ya llevan un buen rato trabajando. Aún así, procuran llevarnos puntales a nuestro destino.
Esta vez, nuestra excursión comenzaba con pasos inciertos. El objetivo era encontrar una aldea abandonada en el corazón de la Sierra del Candán: As Grovas. La hoja de ruta solo contaba con unas cuantas anotaciones en una página en blanco: identificaciones de carreteras y distancias kilométricas que nos servirían para orientarnos mínimamente.
Después de una primera y sorprendente sesión fotográfica a orillas del rio Lérez (un grupo de coquetas ranas se prestaron para posar ante nuestro objetivo), comenzó el recorrido por las carreteras comarcales del entorno y como no pudimos encontrar ni una sola indicación fiable, decidimos dejarnos ir y disfrutar del paisaje.
La ranita presumida
Encontramos a nuestra particular Sherpa en una aldea llamada Vilariño: Sin un solo gesto de duda o desconfianza en el rostro se encaramó, motu propio, a nuestro coche para ponernos en el camino correcto, mientras hacía oídos sordos a nuestras protestas (sabíamos que el camino de regreso a su casa sería largo y sin una sola sombra para resguardarse del aplastante calor). Le agradecimos vivamente su ayuda, por supuesto.
En los tres o cuatro kilómetros que duró el recorrido en su compañía, nos contó que As Grovas era un pueblo que había sido abandonado allá por los años 60 porque “vivir alí era un imposible”. “Esto era como o terceiro ou cuarto mundo… illados de todo. Cando había un enterro o cadaleito tiñan que ir de mán en mán por un camino longo e revirado ata chegar a parroquia”.
Ella nos guió
Siguiendo sus indicaciones, nos dejamos guiar por las “tarabelas” que coronaban la cima del Candán (aproximadamente a 1000 mts de altitud), hasta que, por fin, alcanzamos a ver la aldea abandonada.
Ante nosotros se presentaba una bajada tortuosa (con pendientes que estimamos hasta de casi el 20%), que sería imposible de recorrer en un vehículo que no fuese todoterreno.As Grovas, es un pueblo situado entre grandes riscos (por un lado “O Monte do Coco”, por el otro “O alto de San Bieito”), a una altura aproximada de 600 mts sobre el nivel del mar.
En la aldea no quedan más que los restos de 3 o 4 casas y un molino (hoy completamente absorbidos por la maleza)
Camino de acceso (mucha pendiente y piedras sueltas)
Una de las casas. La maleza cubría gran parte de la fachada.
En un lateral del asentamiento, descubrimos un embriagador paraje de ribera de rio, en el que los rayos del sol solo podían acercarse a la tierra filtrándose entre las espesas copas de los carballos, amieiros y bidueiros.
Ensimismados, recorrimos aquel solitario lugar, acompañados exclusivamente por el canto de los pájaros y el sonido del agua que discurría cristalina entre las rocas (bellamente tapizadas de musgo), y que, en un momento, se aposentaba maina en una poza que invitaba a sumergirse.
Perdimos un tanto la noción del tiempo, enfrascados en el paisaje y en las fotografías, tratando de inmortalizar, aunque solo fuese por aproximación, las sensaciones que se iban introduciendo en la retina; absorbiendo la vida y la paz que desprendía el lugar mientras el ocaso se acercaba (lo que inevitablemente marcaría el fin de nuestra excursión)
El regreso fue plácido y reconfortante, con una última parada en el alto del Candán para contemplar el paisaje.
Es un gusto perderse en la naturaleza…
y un placer si se hace en buena compañía (Como siempre…)
La promesa de vida que hizo sonreír a María cuando tanto lo necesitaba, por fin se ha hecho realidad.
Se llama Olivia y llega desde Londres, para entrar a formar parte de una familia que está esperando abrazarla. Se que será un momento hermoso (tendré a mano mi cámara para poder inmortalizarlo).
Con motivo de este feliz acontecimiento, y queriendo aportar mi granito de arena, he desempolvado algunos objetos que un día pertenecieron a mi niña. Es una tradición familiar que las cosas vayan pasando de unos a otros, aportándole así una vida extra… cargada de pequeñas historias que cada pieza de ropa lleva impresa en su tejido y en su esencia:
El traje de bautizo, que lo fue de Elisa, de su hermano, de sus primos, de mi hija, y espero que ahora de Olivia.
El pequeño berce de castaño, tallado con las manos de mi abuelo, y en el que un día los más amorosos ojos velaron el sueño de sus nietos, los míos, los de sus bisnietos.. y ahora los de su tataranieta. (siempre fue deella fue la mano que meció la cuna)
La pequeña mantita blanca, que abrigó a Elisa en los amorosos brazos de su madre, y a mi niña en los míos. Ahora servirá de cobijo a Olivia.
Por lo tanto, es un honor para mí poder aportar mi pequeño objeto a esa colección de tesoros.
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En eso estaba cuando me encontré con estas fotografías. Hace ya 15 años de ellas (y por mi rostro ha discurrido la vida, que se ha quedado impresa con marcas profundas)
Fue inevitable volver la vista atrás.
Cuantos giros en el camino desde entonces!. Cuantos sueños perdidos entre las brumas de un lugar que, a veces, se me antoja inhóspito.
Aquí os la dejo (para risa y sonrisa de más de uno)
No reconozco el resquicio por el que se ha escapado el tiempo. Las horas se tornaron en días que se acumularon en semanas, a las que no sería capaz de asignarles un adjetivo.
Llegaron promesas de reencuentros, que probablemente ya se han quedado viejos (tan añorados y deseados, que ahora intuyo agotada la ilusión)
Conversaciones pendientes desde hace meses (fuera de ritmo y hora). Arrastran una pérdida dolorosa que se niega a ser tal. Todavía se palpa el fuego en la mirada, y todavía los dedos se atraen como imanes, pero el temor a sufrir de nuevo no se borra con un gesto. (Eso lo he aprendido lentamente).
Ausencias que se antojan dolorosas, pero que debo cargar a medias en mi espalda, porque cuando alguien importante se aleja, es tarea de dos no caer en la inercia del mutuo olvido.
Nacieron palabras que contenían advertencias, y gestos que calentaban el alma (todavía no sé en qué orden colocarlas).Se acumularon las miradas (y aún sigo buscando el lugar para depositarlas). Se hacinan las palabras, aunque mi eterna cerrazón las niegue y se empeñe en enclaustrarlas (quizá porque se saben inadecuadas)
…Siempre llevando por delante el rostro fuerte, el que no es fácil herir (y que tampoco hiere), el que se recompone cada día, para afrontar la tarea de sobrevivir; negándolo todo (porque es la única manera que conozco para seguir adelante), deseando poder ser, al fin, insensible… hasta que llegue un momento en que pueda perder de vista al corazón, para dedicarme a la noble tarea de disfrutar de cada momento (sin deseos futuros, sin recuerdos que me aten)
… y no me sale.
Porque en la soledad de mi cuarto una y otra vez me deshago del embozo, me permito el lujo de desnudarme y desplegar las alas para comprobar que hay al otro lado de las montañas. Me descompongo en seres opuestos que se niegan los unos a los otros, pero que logran convivir y reconocerse en ese breve espacio. Cada uno tiene su función; cada uno tiene un trozo de mi, que surge, egoísta, para salvarme el pellejo cuando es necesario. Y solo en ese momento, a solas y enfrentados, se reconcilian entre sí.
Se que mañana seguiré acumulando negación tras negación, y me guardaré muy adentro, lo que deseo.
Eterna lucha entre lo que soy y lo que quiero ser
(...)
cuando nadie me ve
puedo ser o no ser
cuando nadie me ve
pongo el mundo del revés
cuando nadie me ve
no me limita la piel
cuando nadie me ve
puedo ser o no ser
cuando nadie me ve.