...Que no te compren por menos de nada ...Que no te vendan amor sin espinas.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El grito


  • Esta tarde, sentada en una acogedora y agradable cafetería me dispuse a liberar mi rabia.
  • Comencé a escribir y describir a la persona que había compartido mi vida durante 13 años y a quien yo creía haber perdonado todo el daño que un día me hizo. Pero de mi bolígrafo comenzó a salir bilis concentrada. No alcanzaba a escribir todas las ideas que, amontonadas, acudían a mi cabeza. Rellené seis páginas de mi libreta en un grito mudo que resonó durante un buen rato. Esas ideas habían estado siempre ahí, pero supongo que en un intento de autoprotección, nunca las había unificado.

  • Es extraño el mecanismo que nos funciona (al menos a mí) cuando algo nos daña de verdad. Ponemos unas y mil excusa a los que nos importan para proteger la intimidad de nuestra amargura y nuestra desdicha, sin pensar que esas excusas pueden dañar a nuestros seres queridos, aparte de nosotros mismos. Pero nos protegemos pensando que estamos haciendo lo más conveniente. (Es increíble la de veces que he excusado una conducta inexcusable). Y lo peor es que lo hacemos por vergüenza a reconocer que nos equivocamos y no acertamos a deshacer el entuerto.  Tal vez sea también un modo de no ver el conjunto, ya que solo nos preocupamos de esquivar la bola inmediata sin darnos tiempo a razonar nada más. Tampoco lo queremos. Eso es lo malo. Nos hace daño enfrentarnos a nuestra situación. No queremos o no podemos verla. Instinto de supervivencia, supongo.  Pero lo cierto es que nos vamos dañando, de un modo a veces irremediable. Aunque somos conscientes de ello nos dejamos ir. Ya nada importa y la vida pierde brillo.
  • Pero, con suerte, en algún momento algo en nuestra mente provoca ese ansiado “clic” que nos hace ver las cosas con claridad. Entonces, si conseguimos reunir la suficiente fuerza, le plantamos cara al asunto y al fin conseguimos ver un poco de luz.

  • Pero, desgraciadamente, el daño no termina ahí. Todavía la herida sangra y aún nos queda por delante el largo proceso de curarla (que no es empresa baladí). Entonces pensamos: Tenemos que perdonar, porque no vale de nada acumular el rencor contra alguien que nos ha hecho daño. Y lo intentamos con todas nuestras fuerzas. Recuperamos el aliento y, poco a poco, la vida va cambiando de color. Al principio puede resultar duro, sobre todo si uno se empeña en recordar lo que quedaba de bueno y cree haber perdido, y  llega un momento en que pensamos que ya hemos curado la herida. Todavía queda cicatriz, pero sabemos que esa no se irá nunca.
  • Aunque  la vida se empeña en hacer que nos enfrentemos una y otra vez con nuestras amarguras. Caemos una vez y nos levantamos otra, más o menos sombríos… depende de la caída.
  • Pero esta tarde, sentada en una cafetería, he decidido soltar mi último grito liberador. Y ese grito y esas palabras, me demostraron que todavía no había olvidado, y que tal vez no fuese capaz de hacerlo nunca. Pero, y esto me resulta increíble, también comprendí que no me importa no olvidar. Que a veces es necesario no hacerlo. ¿Duro?. Puede ser, pero también razonable. Quiero guardar esa bilis en un frasquito para, de vez en cuando, poder recordarme que no quiero sufrir otra vez el mismo daño. 
  • Todos acumulamos heridas que van dejando cicatrices, pero algunas marcan nuestro futuro, y olvidarnos de que existen es francamente difícil y a veces, hasta peligroso.
  • Aunque, como soy asquerosamente positiva (eso nunca me lo pudo arrebatar nadie), también he comprendido que estoy en paz conmigo misma. ¡¡Y que liberador es sentirse así!!
  • Por eso… dejadme que suelte un último grito:
  • ¡¡¡¡SAYONARA BABYYYY!!!



Discover Kamelot!

2 comentarios:

Paladín Sombrío dijo...

No dejas de hacer que me enorgullezca de ser tu amigo...

Elen dijo...

orgullo.... el mio, al saber que te tengo a mi lado.
Gracias Mini.

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Cuando nadie me ve, quizá sale a la luz mi verdadero yo

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